El 12 de julio de 1977, Laura Elgueta Díaz y su cuñada, Sonia Díaz Ureta fueron detenidas, secuestradas, interrogadas y torturadas en el CCDyT "Club Atlético" por "fuerzas conjuntas" de Argentina y Chile, en un procedimiento en el cual participó el entonces miembro de la Dirección de Inteligencia Nacional chilena (DINA), Arancibia Clavel.

« El "Atlético". Siempre supe que estaba cerca de mi casa, que incluso caminando un poco podría llegar hasta él.
Pienso. ¿Cómo podíamos vivir con estos centros de terror metidos en el corazón mismo de nuestras vidas, de nuestras casas, de nuestros barrios? Sin embargo lo hacíamos.
Estuve secuestrada en el "Atlético" sólo ocho o nueve horas, tiempo suficiente para no olvidar jamás nada de lo que allí ocurrió.
Percibo su olor a humedad, a miedo, a dolor, percibo el frío. Ana decía el otro día -en el juicio- que el olor era tan fuerte que contrarrestaba con el perfume utilizado por los torturadores.
Es cierto. El lugar tenía identidad, tenía olor, tenía códigos, tenía tiempos propios, tenía horror. También contuvo dentro de esa identidad los gestos de amor y solidaridad más grandes que puede realizar un ser humano hacia otro ser humano. Ahí en medio de todo eso, tuvo también la identidad de nosotros, los secuestrados, las víctimas.
El "Atlético" fue un centro de tortura y muerte que fue utilizado durante 1977 como centro de la "Operación Cóndor".
Decía una crónica publicada en un diario argentino: " 'Al llegar nos estaban esperando chilenos... no entendía por qué había chilenos ahí'. Eso dice una parte del testimonio de dos ciudadanas chilenas secuestradas en julio de 1977, interrogadas por chilenos y argentinos sobre las actividades que su familia realizaba en Chile contra la dictadura de Pinochet. Ahí estuvo presente el agente de la DINA Enrique Arancibia Clavel, quién ha sido declarado culpable por el asesinato del General Carlos Prats y señora, y por el secuestro de las dos chilenas que fueron llevadas al 'Atlético' ".
La DINA en el "Atlético". La escalera maldita que nos introducía violentamente hacia el infierno de esas paredes que retumbaban con nuestros gritos, con nuestra resistencia, es el principal recuerdo que tengo del lugar. La escalera, simboliza para mí el corazón mismo del "Atlético". La escalera que no diferenciaba edades, sexo, nacionalidad.
La escalera que fue testigo de los pasos de todos nosotros, de todos, y que retiene en su estructura los pasos ausentes de nuestros miles de compañeros que jamás volvieron.
No quisiera alterar esa escalera. Me gustaría dejarla ahí, inmóvil, hablándonos a cada uno en este proceso de diágolo que se produce en la reconstrucción de la memoria; tanto colectiva como individual.
Es más, quisiera no tocarla, no violar su estructura en nada, para que fueran solamente nuestros pasos el recuerdo de lo que allí sucedió.
Para que sean los pasos de los que la caminamos a la inversa, hacia la liberación, los que digan día a día, en todo momento, en cada lugar, lo que allí sucedió con nosotros, y por sobre todo, con los que no regresaron ».
Octubre de 2004